Una historia de amor común…¿y corriente? (incluye vídeo)

Dos escenas de sexo interrumpen lo que podría ser una historia de romance típica de estos tiempos: mucho miedo al compromiso, disfrazado de groserías y aderezado con emoticones y demás lenguaje telegráfico en el WhatsApp del omnipresente celular…

 

Ya sabemos que uno de los protagonistas en este romance, Irving, un todavía joven de 35 años, acostumbrado y conforme con la comodidad que le proporciona su sueldo quincenal, ver Netflix y tener uno que otro encuentro casual que no ponga en riesgo ni su empleo ni su enclosetada homosexualidad, se ha enamorado de Juan, un chico prostituto de veintitantos años a quien conoció en un baño público del Metro Insurgentes.

Aquel es torpe en el sexo, tímido y sin mucho chiste –es decir, muy “x”—mientras que éste es demasiado habilidoso, extrovertido y muy guapo, por lo que, efectivamente, como lo declara él mismo en su monólogo introductorio:

“¿Por qué Irving decidió abandonarlo todo para irse ‘allá’ con un prostituto mexicano que, además, lo trataba de la chingada… la neta no tengo la más puta idea”.

El “allá” al que Juan se refiere es Winnipeg: “una ciudad metida en el culo de Canadá, con 670 mil habitantes, y con temperaturas que han llegado a alcanzar los 40 grados bajo cero”.

O sea que desde el principio ya vamos descubriendo cuál es el conflicto: el no tener idea –o más bien, el no querer tenerla– de por qué uno decide quedarse con el otro, aun siendo tan evidentemente distintos.

Es el “amor”, es la respuesta obligada.

Aunque para Irving, el más viejo y tradicionalista, es mucho más sencillo aceptarlo, mientras que para la juventud y la belleza de Juan es muy difícil sucumbir al “diagnóstico”.

Sí, al “diagnóstico” de eso que debiera ser clasificado como una enfermedad, según lo externa la mamá de Juan, una mujer divorciada quien tras la muerte de su primer hijo, se vuelve una víctima llorosa de su propia soledad y vacío existencial.

Los tres personajes entonces están “infectados” con esta “enfermedad” cuyo síntoma principal es la estupidez.

En el escenario vemos pues todas las divertidas estupideces que cada quien comete:

Irving compra los boletos de avión para irse a casar con Juan en Winnipeg, una estupidez que éste le propone mientras estaba pacheco pero a la que finalmente accede, y la mamá lo deja irse a pesar de que su única misión en la vida es “sacar adelante a su otro chamaco”.

Pero la estupidez generalizada se va “curando” con el tiempo que, aunque fugaz –otra de las características de los romances actuales—es suficiente para cobijar la intensidad.

Al final triunfa el amor en un desenlace inesperado y ambiguo que no deja muy claro si la pareja regresa como amantes o como amigos… pero eso no importa.

Lo amoroso es lo que queda, aún después de que todo lo demás ha desaparecido –literalmente—ante nuestros ojos: ese piso y esa pared que sirvieron de apoyo en una historia donde los apoyos son pocos.

Y es que, como bien me lo hace notar Eduardo Montes, mi acompañante, psicólogo y promotor cultural:

“En los romances heterosexuales ya hay una base, un ‘guión’ para que cada uno lo adapte a su manera y finalmente logre a lo que ya está escrito: casarse, tener hijos, y tener una vida familiar conjunta… pero en las relaciones homosexuales no existe tal cosa, aquí la pareja tiene que inventarse y construir su propio desarrollo y desenlace”.

Tal es la debilidad o la fortaleza del amor homosexual porque, como acertadamente lo apunta Eduardo, “las relaciones por complemento duran más que por similitud”.

Y de nuevo, en esta “estúpida historia de amor” no importa si al final la pareja quedó como amantes o como amigos… importa lo amoroso que queda flotando en el ambiente y que al final estalla en el aplauso prolongado y sincero de quienes fuimos testigos en este “matrimonio”.

Por eso, regreso al cuestionamiento que para mí queda pendiente… ¿para qué interrumpir lo que poco a poco se va descubriendo amoroso con lo intempestivamente egocéntrico del burdo acto sexual?

Sobre todo tomando en cuenta que, en el imaginario colectivo, lamentablemente todavía predomina la idea de que los homosexuales son una bola de “calenturientos” que únicamente piensan en que se la metan por detrás, como sucede en la primera de las dos escenas de sexo, mucho más impactante porque el enamorado emula al cristo que es crucificado precisamente por haber cometido el “pecado” de amar incondicionalmente.

En esta escena podría cumplirse con el propósito de toda obra artística de ayudarnos a encontrar el significado profundo en lo aparentemente sin sentido, pero ya la segunda escena sexual puede parecer accesoria o un mero “recurso efectista para impactar”, como me lo refirió Zonia Rangel, teatrista de la vieja generación y autora del libro “Teatro átmico, sagrado sacerdocio”, quien sorpresivamente pidió acompañarme a ver la función, aunque le aclaré que se iba a tratar un tema gay y seguramente polémico.

“Creo que es importante normalizar las escenas de sexo en el Teatro”, me explica Sebastián Sánchez Amunátegui, el director de la obra, luego de que le pregunté por WhatsApp si las escenas de sexo venían incluidas en el texto original de Carlos Talancón –por cierto merecedor de una mención honorífica en el Concurso Internacional de Dramaturgia Sor Juana Inés de la Cruz 2017–, a lo que me respondió que “una sí pero otra no”.

“Son escenas explícitas pero al mismo tiempo no, porque no se ve gran cosa”, y abunda el también productor de la obra, “es además para romper un poco con los tabús de la sexualidad entre hombres”.

Y parece que lo consigue, a juzgar por los comentarios del público al final, que pueden resumirse en:

“Una historia verdaderamente conmovedora además de entretenida” sobre “el amor que todos queremos encontrar pero que nos ponemos barreras para aceptar”, particularmente “sobre el amor homosexual que es un tema importante en nuestra época” y donde los tres protagonistas están “deliciosos” y “extraordinarios” en sus actuaciones.

Y sí, efectivamente las actuaciones son extra-ordinariamente realistas y en ese sentido muy agradecibles, porque no estorban al texto sino al contrario, logran el objetivo tanto del autor como del director: que al final lo único que nos siga conmoviendo y moviendo sea el amor, por encima de todo.

Me sumo entonces a la ovación agradecida, a las felicitaciones sinceras y a la amplia recomendación de que vayan a ver “Una estúpida historia de amor en Winnipeg”, a la que ya le quedan nada más 4 funciones.

 

RESEÑA: Alma Delia Martínez Cobián.

FOTOS: Fernando Chagoyán (excepto la Foto principal, tomada de https://triangulo.co)

 

“UNA ESTÚPIDA HISTORIA DE AMOR EN WINNIPEG”

Martes a las 8:30 pm en el Teatro Helénico, hasta el 17 de Diciembre.

Direccíon y Producción: Sebastián Sánchez Amunátegui –con apoyo del FONCA (Fondo Nacional para la Cultura y las Artes) y de la Secretaría de Cultura a través del Centro Cultural Helénico–.

Dramaturgia: Carlos Talancón

Elenco por orden de actuación: Martín Saracho (Juan) / José Ramón Berganza (Irving) / Milleth Gómez (Mamá)

Escenografía e iluminación: Isaías Martínez

Vestuario: Josefina Echeverría

Combate escénico: José Carriedo

Duración aproximada: 90 minutos.

Clasificación: A partir de 15 años.

Boletos: Planta Baja $350, Planta Alta $200.

 

Aquí les dejo nuestro RECOMENDAMÓMETRO de la Obra:

Videograbación y Edición: Fernando Chagoyán.

Texto: Alma Delia Martínez Cobián.

 

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