¿Practicar el No Hacer para volvernos más productivos?

¿Qué sentido puede tener el No Hacer, tan familiar a la ancestral visión oriental-espiritual de las cosas, en el moderno contexto de nuestra agitada vida occidental-material?

¿Pero qué es eso de “No Hacer”?… tiene que ver con la clásica imagen del ojo del huracán: en todo huracán, en toda tormenta, hay una zona de calma, que está en el centro y se desplaza con el huracán mismo.

Si tenemos en la vida una actividad desenfrenada, programada contra el reloj, y no hay un “ojo” en medio de la tormenta, terminaremos siendo víctimas del estrés y nuestra vida estará completamente desequilibrada, desbalanceada, literalmente “sin un centro” a donde centrarse, desde donde partir y a donde retornar cada jornada, desde donde ir y venir, del Hacer al No Hacer, y vicerversa, todos los días, cada día.

Esto es en realidad un problema de supervivencia.

El tiempo de No Hacer es un tiempo para estar ahí simplemente. Son tiempos o momentos que llegan naturalmente, sencillamente, amorosamente, sin forzar.

Pero también hay vías y caminos que apuntan al No Hacer. Si nos disponemos a No Hacer, esto podría parecer un método para alcanzar un objetivo, es decir, otra forma de seguir haciendo cosas. Pero no es así.

Por ejemplo, en el zazen (práctica de la meditación sentado en el budismo zen), uno se sienta frente a un muro, sin ningún objetivo ni meta. No se sienta allí para lograr algo, se trata tan sólo de estar ahí y resonar con el ritmo del universo,

El tiempo del No Hacer, el zazen, y también el tai-chi están muy cercanos.

Por ejemplo, después de practicar tal-chi podemos sentir la necesidad de sentarnos un tiempo, y ahí puede surgir un grado de presencia en forma muy natural y espontánea. Además, el tai-chi es algo muy simple y sutil. Empieza con un movimiento deliberado, pero hay movimientos que cada vez van saliendo de una parte más profunda de nosotros, hasta que salen del centro vital (el Hara).

Así, este movimiento se convierte en un hacer que no proviene del lugar desde el que uno actúa cotidianamente, donde el movimiento de las manos y de los brazos suele predominar, partiendo desde la cabeza o las emociones.

En el tai-chi el movimiento viene del centro de uno mismo. La persona se mueve desde su centro y ese movimiento se propaga a los brazos. A través de este movimiento va experimentando un No Hacer desde el punto de vista del actor dominante habitual. Este actor va dejando de hacer y abandonando su lugar a un actor más profundo… Hay un cambio de nuestro centro de gravedad.

Hay veces que podemos sentir esa necesidad de ponernos en un estado de No Hacer, igual como podemos desear sentarnos bajo un árbol frondoso en una tarde calurosa de verano. Otras veces es como algo que nos invade, aunque siempre ha estado ahí, sólo que no nos habíamos sintonizado con ello. Es una manera de estar en el mundo, que viene naturalmente. Es una sensación directa, como estar en un jardín y por primera vez sentir la presencia del pasto.

Ejemplificando con la experiencia de otras personas, Krishnamurti en algunos de sus libros describe experiencias muy personales de este tipo.

Y es interesante, porque él habla de la no-práctica. De hecho Krishnamurti no está de acuerdo con la práctica, ni siquiera con la de la meditación y, menos aún, con una tan específica como el tai-chi.

Para Krishnamurti, las experiencias más interesantes tienen que ver con la percepción, la energía, la presencia. Esto no está propiamente inscrito en una práctica, es algo que puede ocurrir en cualquier momento a cualquier persona. Es una forma diferente de vivir… o más bien, es retornar a la condición que debiera ser la “normal”, la natural.

El No Hacer puede ser entonces, tanto una práctica, como el ir y venir natural de la energía vital. Yo acepto ambas: participar en prácticas formales y dejarse invadir por ese ir y venir en cualquier momento.
El No Hacer está muy relacionado con la actividad del inconsciente, con el hacer del inconsciente, en el sentido positivo del término “inconsciente”.

El relajar nuestro intento de construcción, programación y planeamiento consciente y cotidiano, nos vuelve más receptivos a lo que se podría llamar la sabiduría del Inconsciente. Sentimos así un contacto con algo más profundo y perspicaz que nosotros mismos.

La relación entre el consciente y el inconsciente a menudo se describe con la imagen de un iceberg: la punta visible, encima del agua, pero la mayor parte oculta, debajo de ésta.

En mi experiencia, siento que en esa parte bajo el agua está mi centro. Cuando hay un mayor contacto con el inconsciente, si realmente no lo hacemos forzadamente sino que fluimos como el ojo del huracán, hay un flujo de energía que emerge de la parte baja del iceberg. Eso es algo que se puede sentir concretamente. Como consecuencia natural, lógica, de este contacto nos conectamos con una fuente de energía enorme, que naturalmente repercute en todo nuestro cuerpo y, en la medida en que permanecemos cada vez más conectados con el inconsciente, repercute también en todo lo que rodea a nuestro cuerpo, en todo nuestro hacer en el mundo.

Ahora bien, puede ser que todo esto no nos resulte fácil si creemos que no podemos detener nuestra actividad, si nos parece imposible darnos un espacio para el No Hacer. Si frecuentemente decimos “estoy tan ocupado que no tengo tiempo ni para pensar”…

Si ese es el caso, lo mejor es empezar apoyándose en aquello con lo que tenemos más contacto: el cuerpo y la actividad corporal.

Por ejemplo, el movimiento lento, a un ritmo que no es el usual, cambia inmediatamente la actitud de agitación. Hay algo automático en esto y, a partir de este pequeño cambio, puede empezar a surgir una actitud que percibe diferente el transcurrir de las cosas: es el impulso inicial que posibilita el paso siguiente.

Pongamos a prueba el No Hacer. Experimentemos.

…No tenemos nada que perder. Pero sí mucho qué ganar.

( Extracto de “WU WEI – El No Hacer”, escrito por Jorge Soto Andrade, y publicado el 1 de Mayo del 2017 en www.ayurvedadeltibet.com )

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