La FIL de Tijuana 2018, ¿una fiesta de los libros?

“La Feria debe ser también momento de reflexión sobre nuestra circunstancia libresca y cultural, pues cuando las festividades cesan nos enfrentamos a una realidad muy distinta”, enfatizó en su discurso inaugural el joven presidente de la Unión de Librerías de Tijuana, organismo que desde hace 36 años realiza este magno evento literario en la ciudad.

Jaime Labastida, el destacado escritor, filósofo y académico mexicano, fue el homenajeado en la inauguración, el pasado viernes 25 de mayo en el CECUT.

Los discursos inaugurales de las instituciones co-organizadoras de la Feria –el IMAC y CECUT– fueron muy elocuentes, pero destacaron las brillantes reflexiones del presidente de la Unión de Librerías de Tijuana, Vladimir López, lo que le valió que el mismo Labastida lo mencionara en las sentidas palabras que compartió luego de haber recibido su merecida presea.

“Parece que lo digo en broma pero es en serio”, aclaró el homenajeado; “en México, nuestro verdadero himno nacional es el Son de la negra, en el que a todo nos dicen que sí pero no nos dicen cuándo”, rió amargamente, cerrando con broche de oro toda la serie de cuestionamientos que Vladimir lanzó ante los centenares de asistentes que abarrotaron la Sala Federico Campbell del CECUT en la ceremonia inaugural de la Feria.

Fiel al espíritu revolucionario de su papá, el apreciado y nunca bien ponderado Don Alfonso López Camacho, propietario de la icónica Librería El Día, quien precisamente fue el que organizó la primera Feria del Libro, allá en 1980, en la Calle 8 entre Revolución y Madero, Vladimir puso en la mesa varios temas pendientes  que bien convendría retomar para darles seguimiento una vez concluido el magno evento ferial.

Precisamente por la importancia de todo lo que Vladimir expuso, reproducimos íntegramente su Discurso. Disfrútenlo.

DISCURSO DEL PRESIDENTE DE LA UNIÓN DE LIBRERÍAS DE TIJUANA, VLADIMIR LÓPEZ

Muy buenas tardes, y muchas gracias a todos los aquí presentes por acompañarnos hoy inaugurando un año más la Feria del Libro Tijuana, que cumple su 36 edición.

Un agradecimiento muy profundo y sincero a todos los implicados en su organización. Instituciones, funcionarios y ciudadanos que han hecho posible esta fiesta de los libros, esta manifestación que sitúa a Tijuana entre las ciudades librescas del mundo

Al Cecut, que hace algunos años nos abrió las puertas y proporcionó a la Reria un espacio digno y un gran equipo de trabajo.

Al IMAC, que se sumó a la Feria desde su inicio en 1998 y ha permitido que trascienda más allá con un programa extramuros y vinculación con el sistema educativo.

A la Promotora de Cultura de Baja California, que en años recientes aporta el programa artístico que confiere a la feria sin duda un ambiente más diverso y festivo, y al Comité de contenidos por su ardua e inagotable labor por ofrecer un programa de calidad, inclusivo y diverso.

36 años, se dice fácil, 38 desde su primera edición allá en 1980. Ver atrás y reflexionar sobre lo acontecido en casi cuatro décadas, causa vértigo.

Una Tijuana que en aquel entonces vislumbraba apenas ésta, su ahora emblemática Zona Río crecer, su desarrollo detonado por el desbravar del cauce del Río Tijuana, veía en aquel año de 1980 nacer esta fiesta literaria que perdura hasta nuestros días.

Este simple hecho en un medio tan adverso para la cultura escrita como el que se vive hoy, sería suficiente para el júbilo y la celebración, y sin duda hoy es un día para celebrar. Celebrar a los autores que vierten su alma en sus obras, celebrar a los editores que arriesgan e invierten en publicar y difundir nuevos talentos, a los lectores que hacen que todo esto sea posible, y sí, también a las librerías que por muchos años como último eslabón en la cadena comercial del libro, hemos sido delegadas la tarea de hacer llegar a las manos del público lector  las ediciones cualesquiera que sean, nuevas o antigüas, comerciales o de colección.

Alimentando el espíritu de la lectura que como ente caprichoso parece tocar a algunos, pero que  a más de 500 años de la invención de la imprenta sigue siendo para una gran parte de la población algo así como el secreto mejor resguardado.

Ver en estos diez días cómo la ciudadanía se vierte a la calle y nos acompaña en celebrar el libro, llena el alma de gusto y permite por momentos imaginar un futuro en el que el libro se volviese un producto de la canasta básica y no un artículo de lujo.

La Feria del libro, tiempo de alegría y de celebración, debe ser también  momento de reflexión sobre nuestra circunstancia libresca y cultural, pues cuando las festividades cesan y en el pabellón se ve el último ejemplar cambiar de manos, nos enfrentamos a una realidad muy distinta.

Resulta inevitable establecer una relación entre educación y cultura, un binomio capaz de transformar el destino de la sociedad cuando se tiene una visión clara de las prioridades de las políticas de estado.

La educación pública de calidad es el principal y más equitativo generador de riqueza que un gobierno puede ofrecer a sus ciudadanos. Una educación de calidad que inicie al ciudadano en el placer de la lectura es el inequívoco camino para su formación y desarrollo intelectual y por consecuencia hacia una sociedad más justa y equitativa.

No es tarea fácil ni inmediata cambiar nuestra realidad cultural, indisolublemente vinculada a la educación.

Invertir la pirámide estadística que registra un ínfimo consumo de libros per cápita, elevar el bajo promedio de escolaridad que define el pobre rendimiento de la educación pública y gratuita precisa de voluntad política, un proyecto de Estado que sea capaz de poner en marcha una auténtica revolución educativa con el objetivo preciso de la formación humanística del ciudadano, con la lectura como eje central.

Mientras tanto, a cada quien, desde nuestra particular trinchera, nos corresponde hacer todo a nuestro alcance por correr la buena voz, acercar un libro a quien nunca ha abierto uno, y en una labor que cabría calificar de apostolado, transmitir las bondades del libro y la lectura a quien no las conoce. Pues una vez que una mente se abre y descubre el maravilloso mundo interior que el libro saca a relucir, nunca más se cierra.

Muchas Gracias.

 

Que no se cierre entonces la fiesta de los libros, la literatura, las artes y las humanidades en Tijuana. Sigamos adelante. (Alma Delia Martínez Cobián Bitácora Cultural MX)

Foto: Ana Karina Balderrábano

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