Conocí a Carlos hace más de 40 años arriba de un escenario…

Con esto inicia el bellísimo texto que Ignacio Flores de la Lama, reconocido director y dramaturgo tijuanense radicado en CDMX desde hace años –donde fundó y dirige Casazul, una prestigiada escuela teatral– leyó durante el Homenaje IN MEMORIAM Carlos Niebla, el 20 de Septiembre en la Sala de Espectáculos del CECUT.

 

Conocí a Carlos Niebla hace más de 40 años arriba de un escenario…

Y me lo topé muchas veces más desde que los dos éramos muy jóvenes en aquella Tijuana a la que aún le faltaba un rato para llegar al millón de habitantes.

La vida dio vueltas y eventualmente trabajamos juntos en algunos proyectos, pero siempre, desde el primer día, dos cosas llamaron poderosamente mi atención respecto a su persona.

La primera tenía que ver con sus facultades para la escena, con sus aptitudes naturales, con todo aquello que no era resultado del estudio sistematizado, de la disciplina o del entrenamiento que la academia otorga; ese nunca fue su camino.

Carlos tenía el don, el duende, el soplo divino, era una rara avis, uno de esos garbanzos de a libra que no son resultado del rigor para formarse, sino de la libertad para expresarse. Era una creatura (él diría creaturo) fascinante que nació para la escena.

Creo que a Carlos es mejor intentar entenderlo como una manifestación de la naturaleza absolutamente irrepetible.

Alguien capaz de entrar en las entrañas de la condición humana y emerger de ahí para contarnos –ya transformado en personaje- lo que significa la experiencia de vivir.

Y no quisiera abundar en la excepcional y mítica Reina que a lo largo de casi 30 años, en más de 3 800 funciones movió torrentes de empatía en muchos miles de espectadores a lo largo y ancho de la república teatral.

Estoy seguro que Darío Fo y Franca Rame hubieran reído, llorado y amado a la creación que Carlos hizo de Una mujer sola.

Prefiero hacer referencia a otra fascinante experiencia escénica.

Lo que vi hacer a Carlos a finales de los 80s con el monólogo de Jerry y el perro, contenido en La Historia del Zoológico de Edward Albee, era verdaderamente prodigioso, conmovedor, lleno de potencia y de verdad escénica.

He visto muchas versiones de esta historia, pero ninguna como aquella. Él y Jorge Andrés Fernández conformaron por algún tiempo una mancuerna creativa inigualable.

Y podría dar muchos ejemplos puntuales y concretos de sus capacidades excepcionales para la escena; por ahora sólo citaré al maestro Rubén Vizcaíno cuando hace unos 30 años me dijo en el lobby del teatro de la UABC después de ver alguna función: “Cómo le hacen falta más Carlos Niebla al teatro de Tijuana; con cinco de estos haríamos una compañía chingona”.

El otro aspecto notabilísimo en la persona de Carlos era su energía de gozo y diversión permanentes.

El ingenio y el buen humor que lo caracterizaban hacían de la convivencia con él una gran fiesta. Adentro de su cabeza cubierta de pelos rojos había una máquina inagotable de irreverencia juguetona

En ocasiones después de dar función, ya en la madrugada, su duende parecía desdoblarse y crecer aún más.

Su energía era como la de un clown hiperactivo, como la de un bufón atascado en cafeína, como la de un exquisito arlequín en tachas.

Donde algunos sólo veíamos personas y eventos cotidianos, él veía personajes y situaciones dignas de ser recreadas con la agudeza de un sarcasmo nada destructor y más bien amigable. En mi imaginario personal Carlos Niebla encarnó a un arquetipo universal de la visión lúdica del mundo.

Era el loco de la baraja del tarot. Era el rey supremo de la androginia. Era una entidad llena de gozo por la vida.

Hoy Carlos es ya polvo de estrellas, pero también es un referente obligado de simpatía desbordante y de todo aquello que sólo regala natura; de eso que no presta Salamanca.

Con los años olvidé la obra en que lo conocí, pero en mi mente quedará por siempre el recuerdo de aquel joven actor pelirojo, espigado, de cabellera abundante y enorme talento, al que siendo yo un adolescente vi entrar por pierna derecha en el teatro del salón de los telefonistas de Tijuana.

Finalmente Carlos nos está regalando ahora mismo una última broma… “¿Pues no que muchas diferencias entre nosotros? ¿No que la unidad del gremio era imposible? ¿No que nos faltaba espíritu de hermandad para aceptarnos como comunidad teatral? ¿No que mucho ego?”

Y aquí estamos, en nuestra diversidad –teatristas, promotores y espectadores– conectados y unidos por nuestra pérdida. Abrazándonos y compartiendo el dolor de su ausencia.

Pinche Carlos, hasta el final tenías que salirnos con una de tus genialidades.

Mucha luz en tu camino…

aunque en una de esas, el camino lo iluminas tú.

 

Ignacio Flores de la Lama

Tijuana, Baja California

Septiembre 20 de 2018

(durante el homenaje de cenizas presentes que Raquel Presa, teatrista tijuanense, le organizó a Carlos Niebla en la Sala de Espectáculos del Centro Cultural Tijuana, con la participación de miembros de la comunidad teatral del estado, y con el apoyo de Pedro Ochoa, director de esta institución, la más importante del noroeste de México, y organismo descentralizado de la Secretaría de Cultura)

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *